Durante este período, la violencia afectó diversos lugares, incluyendo la sierra, selva central y ciudades como Arequipa, Cuzco y Puno. A pesar de los esfuerzos de colectivos regionales y la Iglesia católica, Sendero Luminoso persistió en algunas regiones. Con el gobierno de Alan García, la violencia continuó, y en 1986 se implementó el toque de queda en Lima para frenar los constantes atentados.
Entre 1988 y 1990, la violencia se intensificó, marcada por "paros armados" y otras formas de ataques en un contexto de hiperinflación e hiperpresión. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) estableció que más de 69,000 personas murieron por la violencia en esa década.
En términos de turismo, la violencia afectó gravemente las regiones como Ayacucho, la sierra central y la selva central. El conflicto armado, los permisos previos, requisas y toques de queda eliminaron prácticamente el turismo receptivo en estas áreas. Aunque al principio, las entidades turísticas minimizaron su impacto al centrarse en Ayacucho, la presencia del conflicto creó una atmósfera de incertidumbre y alerta constante en todo el país.
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